El Loro

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Esa mirada de orgullo, como de sentirse único, la reconocí como mía treinta años atrás. Iba junto a un grupo de chavales que llamaban la atención por la música melosa, repetitiva y a todo volumen que, desde un extraño aparato luminoso al que de primera impresión confundí con un altavoz, se reproducía. Lo portaba con su mano derecha y tras reconocer que no era un altavoz sino un sofisticado y moderno reproductor de música, los treinta años atrás se convirtieron en casi cuarenta. Dicen que la música es el vehículo más rápido para viajar en el tiempo y di fe; me vi a mi misma cerrando la puerta de la salita de casa de mis padres, advirtiendo a mis hermanas que no la abriesen porque iba a grabar las canciones de los 40 principales; Ejecutivos Agresivos, Radio Futura, incluso el “Starting Over” de John Lennon. Grabar con el casette era toda una ceremonia de silencio y sincronización, de precisión entre los dedos, el botón “Rec” y la voz del locutor. Regrabar en la misma cinta usando papel adhesivo, una necesidad y rebobinar con el bolígrafo “bic”, todo un manual ejercicio de nostalgia. En mi barrio, el que tenía el radio casette más grande era el rey, el tamaño sí que importaba en aquellos maravillosos y difíciles años ochenta, con Los Chichos, Krafwert y Modern Talking ilustrando las calles de mi barrio, envueltas en olor a puchero y a suavizante de la ropa. Cuando te sorprenden esas canciones, vuelves a esa libertad rebelde de conversación, poyete y radio casette enorme que en pilas, gastaba lo indecible, donde descubrimos las canciones que marcaron toda una vida; Triana, Pink Floyd, Supertramp, Yazoo…. A los del reproductor musical sofisticado les marcarán sonidos comerciales allende los mares, pero al menos a mí me devolvieron aquella mirada de orgullo que te hacía ser única por estar en la calle, con tu música y tus amigos. Qué envidia!

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