Calle Feria, número 147

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El pájaro blanco echó a volar en los corazones una luminosa mañana de viernes. La calle Feria permanecía cortada por todos los que le recordamos resignados a no encontrar quien le iguale, bajo el denominador común de ver esa luz que todos llevamos dentro. Quizás porque nos levanta la piel o porque en cada canción suena un poco de nosotros mismos, Jesús de la Rosa nos citó con su voz de manantial y con la guitarra que a la mañana le habló de libertad; “nos reunimos allí y todo comenzó a surgir como un sueño”. Escritores, periodistas, compañeros de transgresión,  barroquismo de una ciudad que sonó a Los Brincos y a la Niña de los Peines, admiradores, vecinos y nuevas generaciones que comienzan a conocer la alquimia de la psicodelia que llegaba de ultramar mezclada con el swing y el compás por bulerías. Camisetas con la cara de Jesús, con el gato de mirada profunda, con la vela que nunca se apaga sobre la letra i, incluso un señor en moto acompañado del Señor Troncoso, recordándonos que había que seguir luchando para poder lograr al fin tu ser. El pasado 2 de noviembre, en la arteria de la ciudad por donde todo pasa y todo queda, familiares, amigos, su compañero Eduardo, su hermano, emocionado y orgulloso, su hijo, desbordado y perplejo, sus nietos, ajenos a todo, presenciaron cómo se recuerda a quien seguirá eternamente sentado a un teclado, a la diestra de una guitarra, un gong y una batería, cosiendo en el forro del alma de todos, muchas luminosas mañanas. El Alcalde descubría una placa sobre el dintel de la puerta del número 147 de la calle que le vio nacer, donde un corazón colocado en la garganta le cantó a la libertad, al amor y nos enseñó como agarrarnos a la cola del viento para poder volar. Y  con su recuerdo presente sobre la casa que le vio nacer, intramuros de un barrio por donde del crepúsculo lento sigue naciendo el rocio,  la calle Feria será ahora más auténtica si cabe, patria de toreros, músicos y poetas, de genios, de placeros del Mercado de la Feria, de mercadillo de Jueves, de bohemios, de taberneros que suman cuentas de tiza ahogándose en los charcos, embajada del señorío Macareno y de los adoquines valientes del arrabal por donde nada pasa porque si, por donde todo el que pasa, se queda. Por donde nadie se olvida.

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